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Inés por el Mundo... El Mundo visto por Inés!

Nepal, un país que enamora

Han pasado tantas cosas en la últimas semanas que no se ni por donde empezar…quizás donde lo dejamos, en la frontera de Nepal.

Intentamos coger un autobús que nos llevara a Kathmandu pero había habido un deslizamiento de tierra y sólo podían pasar 4×4. En medio de la nada y después de horas de regatear, nos amontonamos los ocho en un Jeep que nos llevó hasta la capital por un camino lleno de barro, baches y piedras.
Reconozco que Kathmandu no vale mucho la pena y los niveles de polución son exagerados, pero viniendo de Vietnam y China, a mi me encantó. Volvía a ser auténtica, calles con vacas y cabras, polvo, tuk tuks, rickshaws, ruido, color y puestos de comida; después de un par de horas paseando estás exhausto y mueres por irte a descansar. En Thamel, la zona turística, el acoso es constante pero habíamos encontramos un hostal con jardín a cinco minutos del centro y era el lugar perfecto para desconectar.
Alquilamos bicis para ver los alrededores de la ciudad, pedalear en medio de ese caos fue todo un reto. Fuimos a Pashupatinah, el templo más sagrado de Nepal donde vimos las cremaciones y los ritos funerarios hinduistas, a Bodnath el impresionante templo tibetano y la siempre pasa algo plaza Durbar, donde hicimos virguerias para evitar pagar el abusivo ticket de entrada.

Mientras tramitábamos el visado de India, decidimos tomarnos un respiro de la ciudad y escaparnos unos días al valle de Kathandu.
Era la primera vez que cogíamos el autobús a la manera nepalí, subidos en el techo. Las vistas y la sensacion es genial y aunque no es muy seguro nos gustó tanto que ya no queríamos montarnos en el interior de ningún otro bus.
Pasamos la noche en Bhaktapur, un espectacular pueblo Newar, desde donde empezamos a recorrer el valle a pie. Al amanecer en Nagarkot se puede ver entera la cordillera del Anapurna. Encontramos una guest house con balcón, movimos los colchones y dormimos bajo las estrellas esperando despertarnos con tales vistas. Yo avisé de mi gafe, pero nadie me creyó, hasta que abrimos los ojos y la densa niebla no nos dejaba ver a más de dos metros. Sin foto continuamos caminando tres días más por pueblos de adobe hasta que ya cansados nos sentamos de nuevo en el techo de un autobús de vuelta a la capital.

Con pasaporte en mano nos fuimos al Parque Nacional ex-Real de Chitwan. Y digo ex-Real, porque desde que los maoistas tomaron el poder en el 2008 y dieron una patada al rey, el término real se ha eliminado de todos los documentos y nombres. La parte graciosa es que, como no hay dinero, en la mayoría de carteles o documentos simplemente se ha tachado.
El lugar es turístico y organizado, no se puede hacer nada de forma independiente así que negociamos con el alojamiento un paquete con todo incluido, si algo he aprendido este año es a regatear.
Flo, mi compañero, no se había bañado nunca con elefantes y a mi es una experiencia que no me importaría repetir todos días. Nos llevaron en moto hasta un pueblo perdido donde por tres euros el dueño de unos elefantes nos dejo remojarnos en un arroyo.
Caminando en el parque a pie no conseguimos ver más que un pollo salvaje y decidimos probar suerte subidos a un elefante. El lugar estaba lleno de chinos gritones con cámaras enormes. Una gota de sudor frío me recorrió la frente y la mala leche me empezó a circular por las venas. Hablé con el Mahut, conductor del elefante, al cual tampoco le gustaban los chinos y nos llevó por una ruta alternativa. El turístico safari en elefante se convirtió en un emocionante y solitario paseo por en medio de la selva viendo cientos de animales: un árbol entero lleno de pavos reales salvajes, ciervos y renos a mansalva, visones, y como no el esperado rinoceronte con una cría.

Nos pusimos de camino a Pokhara, una relajada ciudad a los pues del lago Phewa que sirve de base para explorar la cordillera del Anapurna. El centro antiguo era la hermana pequeña de la ferviente y estresante Kathmandu y la parte turística en el lago continuaba siendo demasiado ruidosa, pero a la que caminabas diez minutos por la orilla, el lugar se convertía en un paraíso y los precios se reducían a la mitad. Nos dejamos arrastrar por el ritmo tranquilo del lugar y pasamos más de una semana nadando en el lago, pescando o mejor dicho intentándolo, paseando, comiendo, vaya sufriendo de mucho estrés.
Decidí darme una última oportunidad para reconciliarme con el señor del tiempo y levantarme a ver el famoso amanecer. Esta vez fui más lista y en lugar de caminar las dos horas hasta la cima de la montaña alquilé una moto. Cuando llegamos a la cima a las cinco de la mañana, no había Anapurnas, ni vistas ni nada, como de costumbre, una espesa niebla y unas amenazadoras nubes negras cubrían el lugar. Ala para abajo y de vuelta a la cama. Sólo subir a la moto empezó a diluviar, empapados, llenos de barro y muertos de la risa devolvimos la moto, nos duchamos, desayunamos y a dormir. Decidido, nunca más en lo que me queda de vida me vuelvo a levantar para ver las famosas no vistas con los no colores de los amaneceres de postal.

Tibet, el techo del mundo

Trazas un recorrido en el mapa, calculas el tiempo y te parece asequible. Pero la verdad es que China es inmensa y en cuatro semanas había visto solamente dos o tres provincias del sur y me encontraba en Chengdu, el mejor lugar para cruzar a Tibet. Estaba ante un dilema: continuo norte y veo mas de China o dejo Xian, Beijing y Shangai para otra ocasión y cruzo hacia Nepal.

Después de ocho meses en Asia todo me empezaba a parecer un poco mas de lo mismo, me apetecía volver a sentir la emoción de ver cosas nuevas, descubrir culturas completamente diferentes, volver a decir wow!. Si a esto le unimos el hecho de que China es cara y mi economía empezaba a hacer estragos, la respuesta era evidente. Tibet.

El gobierno chino solo permite la entrada a grupos organizados y tramitar los permisos lleva unos cuantos días y unos cuantos cientos de euros. La idea de ir en un grupo, con circuito y guia no me convencía en absoluto, pero, como si fuera mi destino, en pocas horas había encontrado una gente genial y todo estaba listo para el gran viaje.

Volvía a estar ilusionada y las cuarenta y cuatro horas de tren cruzando el Himalaya fueron magnificas. El cambio de paisaje, de altitud, las tiendas nómadas, los yaks y los lagos te transportan poco a poco a un nuevo mundo y te preparan para entrar en Lhasa, la capital del Tibet.

Solo pisar suelo tibetano sientes la gran presión militar y uno de mis miedos era cuanto nos iban a dejar ver. En la estación de tren nos esperaba Sophie, nuestra guia durante los próximos 8 días. En cuanto nos empezó a explicar la gran aportación de China al país le dijimos que conocíamos la situación y que no estábamos muy interesados en ver lo que los chinos nos querían enseñar. Su actitud cambió por completo, nos contó durante horas la realidad del país, nos llevó a dormir y comer a lugares solo para tibetanos y a precios locales. La suerte me sonrió con un grupo de gente magnifica, una guia excepcional y un país que me robó el corazón.

Lhasa me encantó, si bien es cierto que es una cuidad grande y tomada por los chinos, el centro permanece cien por cien tibetano y es un espectáculo de trajes regionales y costumbres. Pasamos tres días visitando monasterios, paseando por la ciudad y disfrutando de su cocina antes de dirigirnos a las montañas.
En 4×4, por caminos imposibles, cruzamos glaciales, lagos de aguas turquesas, montañas que parecían sacadas de Marte, estepas, campamentos nómadas, rebaños de yak y llegamos a la cordillera del Himalaya. Y allí estaba, el Everest y justo a su lado el K2. Nos instalamos en tiendas cerca del campo base, a 5000 metros, en el techo del mundo, nos fuimos a dormir emocinados y con la sonrisa de lado a lado pensando en todo lo que habíamos vivido ese día.
Nos levantamos en medio de una tormenta y con mas de un metro de nieve. El Everest había desaparecido, pero el buen humor seguía reinando en el grupo. Con o sin vistas subimos al Campamento Base, nos hicimos millones de fotos y a pesar de la altitud hicimos una guerra de bolas de nieve.
El programa nos llevaba a dormir a una horrible ciudad fronteriza pero Sophie improvisó y nos instaló en un pueblecito tibetano donde pasar la última noche. Jugamos con niños, aprendimos los bailes tradicionales y Flo, uno de los compañeros que es Chef, se adueñó de la precaria cocina y nos preparó una cena exquisita.

Había llegado el momento de despedirse. Un puente de unos veinte metros hacia de frontera. A un lado en un edificio de cemento los militares chinos nos abrieron y registraron los equipajes, al otro sonrientes nepalis nos dieron la bienvenida. Cruzar el puente fue una de las experiencias mas chocantes que he vivido. En tan solo unos pocos metros aterrizas en otro planeta. Las carreteras se convierten en polvorientos caminos, el cemento en destartalados edificios y todo se llena de color. Saris, niños, búfalos, risas, momos, samosas y currys, la mezcla es adorable.

Llevo veinte días en Nepal y desde que llegué tengo la sonrisa en la cara permanentemente y mis niveles de energía vuelven a estar al máximo. Mañana me voy a hacer el circuito del Anapurna así que estaré desconectada entre dos y cuatro semanas. Desde Pokhara, sentada en la terraza con vistas al lago es fácil decir cuatro pero ya veremos. Deseadme suerte y os cuanto a la vuelta!


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    Barcelona, de vuelta a casa

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