Cruzando el Himalaya I
Hace meses que volví a casa y hasta ahora no he podido mirar las fotos ni pensar en actualizar el blog, la adaptación no es fácil y pensar en el viaje no ayuda mucho. Por otro lado no quiero dejar el blog sin finalizar así que aunque sea con carácter retroactivo, me propongo hurgar en el baúl de los recuerdos para contaros el desenlace de semejante aventura. Además como bastante gente me escribe preguntándome sobre qué llevar, visados etc, intentaré ir abriendo nuevas secciones.
Como os podréis imaginar en el Himalaya no hay internet y aunque parezca sorprendente, India tiene una de las redes más lentas que he visto, además de que los sitios con wifi son prácticamente inexistentes. Ese fue el punto en el que desistí y dejé de escribir, por lo tanto, ese será el punto en el que lo retomaré.
En Pokhara (Nepal), me separé de Flo, mi compañero de viaje de los últimos meses, él se fue a India con la intención de volver a Europa por tierra y yo cogí el autobús en dirección a Beshisahar, el inicio del trekking del circuito de los Anapurnas.
Me esperaban semanas de caminar 8 al día, iba sola y no sabía muy bien la dificultad de lo que me esperaba. Decidí llevar una bolsa muy ligera con lo estrictamente necesario, de todas maneras tampoco tenía mucho equipo. En total menos de 30l.
La gran duda vino al final, sabía que los paisajes iban a ser increíbles y las imágenes únicas, pero mi cámara pesaba más de 4 kilos, casi lo mismo que el resto de la bolsa. Fue una drástica decisión y por primera vez en 9 meses me separé de ella. Crucé los dedos esperando que algunas semanas después todavía estuviera allí, y la dejé con el resto de mi equipaje en la Guest House en Pokhara.
Según la Lonely Planet el camino de entre Besishahar y Bhulbhule no vale la pena y es mejor hacerlo en autobús (por llamarlo de alguna manera). Hice caso a la recomendación y 3 minutos después el cobrador me informó que el precio del billete eran 200 rupias en lugar de lo que tenía que haber sido 30. Fiel a mis principios, me subí al techo bajé mi mochila y puse un pie delante del otro, total sólo me iba a llevar un par de horas. De nuevo discrepé con la famosa guía, el camino era bonito y agradable. No me preguntéis como pero, para variar, me perdí. Eran las cinco de la tarde, faltaba media hora para anochecer y no tenía ni idea de donde estaba. Por suerte la médico de la zona, quien cada día recorría kilómetros a pie de poblado en poblado, se apiadó y me guió por empinados senderos. Llegamos de noche cerrada, negocié cama gratis a cambio de comer en la casa y una hora después ya estaba con Casimiro.
Los siguientes días caminé sola, llevaba meses compartiendo las 24 horas, así que agradecí el silencio y disfruté de los paisajes. Sola es un decir, el camino está bastante transitado y conoces a todo el mundo que está dos días por detrás o por delante de ti. Sobretodo al inicio del circuito no pasa una hora sin que encuentres un alojamiento, eso sí un cubo de agua helada, un camastro y Dal bath es todo lo que has de ser capaz de necesitar.
Los precios son desorbitados comparado con el resto del país, pero hay que tener en cuenta que todo se sube con porteadores o en burro y que ese es el único sustento de la zona (creo que me había hecho demasiado a Asia, en ese momento me parecían un escándalo y ahora en Europa, con eso no pago ni el autobús).
Llevaba horas caminando debajo de la lluvia cuando vi una choza, paré y allí estaban una pareja de Murcia, hacía meses que no me encontraba con ningún español así que me quedé hablando con ellos. Ginesa y Juan eran encantadores, les apasionaba la montaña y habían decidido pasar allí sus vacaciones. Pasamos por bosques, pedreras, pueblos, glaciales, prados… en pocos kilómetros se daban todas las estaciones. Se nos unieron por el camino Jorge y Telia, entre todos me hicieron sentir en casa. Gracias a ellos tengo millones de fotos increíbles que me devuelven a ese gran momento de mi viaje.










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